La meditación con niños.

9 de febrero del 2018

 

A nivel personal, siendo adulta, la meditación me abrió la puerta al saber estar mejor conmigo misma y con los demás, encontré un refugio, el refugio, ese sitio que todos tenemos y llevamos allí donde estemos y al cual sólo tenemos que PERMITIRNOS acceder.

Un espacio de silencio sanador, donde nada ni nadie puede acceder sin tu permiso. Un espacio para reponerse, limpiarse, sanarse, sin juicios ni prejuicios. Donde poner el punto y a parte, para empezar de nuevo.

Cierto és que requiere práctica y constancia diaria, y que en ese trabajo, van apareciendo lo que nos parecen bloqueos o excusas, para dejarlo para más tarde. Tenemos que PERSEVERAR para que se convierta en un hábito saludable y enriquecedor al que desear volver.

No és fácil. Al principio, que si la postura no la encuentras cómoda, que si sentimos demasiado nuestra respiración, o demasiado poco, que si los pensamientos no paran de surgir, que si las imágenes o recuerdos nos despistan, que si se te hace largo,…. ahí es donde tenemos la oportunidad de trabajar, para que eso, no nos aparte del camino.

Mi práctica personal es con la Interiorización, el Kriya Yoga, también llamada meditación tascendental. Requiere de un mantra, que se te da al iniciarte, és personal, y és el que vas recitando durante el tiempo en que estás realizando la práctica.

Hay otras maneras de realizar meditación, puede ser a través de la propia respiración, a través de otro objeto o imagen, a través del sentido del tacto, con el movimiento, …

¿Y con los niños? ¿se puede realizar igual? ¿reaccionarán de la misma manera? ¿sentirán lo mismo?

La primera experiencia que tuve cuando invité a un niño a meditar, fue con mi hijo mayor.

Practicamos enfocando la atención en nuestra respiración. Y…¡sorpresa!, ¡pues claro!, tienen y sienten las mismas sensaciones que un adulto, solo que tenemos la mala costumbre de pensar, que porque son pequeños, no sienten igual que los adultos.

Mi hijo:  Mamá, es que me vienen imágenes, es que me he acordado de algo, es que se me cansa la espalda, es que se me hace largo, es que estoy molesto,… 

Yo:  ¿De que?

–  ¡de lo que hice ayer!, de lo que me he dejado en la escuela, de estar en mala postura, me pica aquí y allí,…

¡Vaya! ¡¡1 minuto se les hace eterno!!

Posteriormente he ido trabajando con más niños tanto en el centro de yoga, como en la escuela, y como ya creía, sienten las mismas cosas que siente alguien que comienza a practicar meditación.

Tienen los mismos bloqueos y procesos, que son los normales cuando te inicias en esta práctica.

Oigo los sonidos del piso de abajo, siento el coche que pasa, el tic tac del reloj, los compañeros del aula de al lado, la respiración de los demás, me pica aquí, no puedo parar de moverme, me acuerdo de cosas, …

Toooodo lo que sentimos está bien, solo tenemos que aprender a fluir con ello, y dejará de molestarnos.

Aprendemos a sentir, a darnos cuenta de que nos tranquiliza, nos da paz, podemos trabajar nuestra capacidad de atención y percepción, descargamos la mente y por ende el cuerpo, nos sentimos más descansados, tenemos más creatividad, mejora nuestro estado de ánimo, llegamos a empatizar más y a ser más compasivos, a canalizar mejor nuestras emociones, a relacionarnos mejor con los demás, a ser más FELICES.

Evidentemente, hay cambios importantes a nivel biológico que se van produciendo a medida que se avanza el la práctica, pero lo reservo para otro post más técnico.

Como ya he dicho antes, se requiere constancia diaria pero sin atosigarnos, 1 minuto, más adelante 2, 3, 4,… Siempre desde la invitación.

No olvidemos, que no todas las meditaciones son estáticas, aquellos niños o adultos a los que les cueste más, pueden plantearse las meditaciones en movimiento, de esto, los niños ¡saben un montón!

Om Shanti.

Marga Martin